Me acerqué. Su melena negra y sus ojos deslumbrantes me llamaron la atención desde la lejanía en la que me encontraba. Mientras me acercaba, logre apreciar sus labios de carmín, su sonrisa fulgorosa. La aroma de su perfume era suave, casi palpable, su voz era melódica, como un cantar al mediodía.
“Buenas tardes” – le dije.
“Buenas tardes, ¿en que puedo servirle?” – contestó, su sonrisa se mostraba simpática.
“Quisiera un café, pulgada y pulgada. Mi nombre es José.” – le contesté entusiasmado.
“Muy bien. Un café regular a nombre de José. Saldrá en unos minutos.”
Me retiré suavemente, sonriente hacia su rostro de ángel. Esperé mi café pacientemente, admirando su enigmática e interesante persona. Su piel estaba enrojecida, un color rosa sobre su piel blanca, lo cual hacia que la mirada se enfatizará en sus labios carmín. Recibí mi café de sus manos con sumo entusiasmo, acariciando sus dedos tibios.
“Aquí está su café” – dijo.
“Muchas gracias. Por motivos de curiosidad, ¿cuál es su nombre?” – le contesté.
“Deborah. Ha sido un gusto servirle.” – contestó, demostrando su brillante sonrisa.
Se retiró lentamente de donde estaba, pero antes, viró su cabeza con una sonrisa caprichosa. Yo reí y la mire directamente a los ojos, demostrando una tibia simpatía hacia su ser. Yo sabía que quería amarla, vivirla, tocarla, pero, la misteriosa calma que vivía dentro de mí me previó de hacerlo. Quería conocerle, besarle, abrazarle, saber todos los secretos que sus pechos guardaban, todos los misterios que sus labios ocultaban. Pero no, la razón pudo más que mi caprichoso corazón, supe que el interés de mi piel en su piel, que el deseo de mis labios en los suyos, era sólo un acontecimiento inmediato que saciaría luego de no verle más.
Me retiré de donde me encontraba. Al pasar las horas supe cuan equivocado estuve en marcharme, en no hablarle, confesarme. El corazón latía rápidamente, la razón me contradecía y la memoria me traicionaba. No era sólo un capricho, no era sólo un simple interés, era mucho más que eso. Era un misterio, era lo reconocido pero lo desconocido, era ese deseo latente de conocer lo prohibido, de amar lo querido.
Nunca supe su sabor, nunca conocí su olor, su pasión, lo único que logré guardar fue la memoria y el deseo tras ella.