11 de diciembre de 2007

Amor entre líneas

Comienza por tu pelo, suave y ondulado, recorriéndolo hasta llegar a tu rostro, tus ojos, tu nariz, tu boca, susurro un par de palabras a tus oídos y te he de sumergir en los movimientos de mis dedos desesperados. Me despego de ti, tus ojos fijados en los míos, los cierro. Sientes mi cuerpo como se desliza sobre el tuyo, como mis manos se atraen por la suavidad de tus pechos y tu vientre; estoy sumergido en ti, en tu piel, en tu intimidad. Tus músculos se contraen violentamente, sientes mi calor, sientes mi respiración, suspiras suavemente a la nada y sonríes, tu sonrisa de ángel, brillante como la luz del sol.

4 de diciembre de 2007

¿Qué pasará?, ¿qué pasará?...

Esperaré, pues, no me queda de otra, que el tiempo y el destino estén a mi favor. Soy un humano y se que la destreza de vivir no lo es todo, también la suerte juega su parte. No digo que quiero disfrutar de una vida perfecta sin sufrimiento, pero, sí quiero disfrutar de una vida con el sufrimiento adecuado para crecer de una manera positiva, sin excesos de malos momentos, experiencias, acontecimientos. Pero ahora: ¿Quién dice que el destino me escuchará?, ¿le importarán mis reclamos? Lo dudo, pues para palabras necias, oídos sordos, y yo sigo siendo un necio, un loco que habita este mundo sin saber que pensar, que dudar. Y el tiempo, ¿irá más lento por mi salvación?, ¿sabrá repartirse de manera correcta ante cada situación? Pues no sé, pero, esperaré la respuesta tan pronto amanezca.

2 de diciembre de 2007

Una vaga memoria

Todavía me acuerdo de tu mirada perturbadora, de tu voz inquietante y tus falsas sonrisas. Sí, todavía me acuerdo de ti, de cómo eras, de cómo lucías, de todo elemento que te componía. Siempre solías andar proyectando cierta seguridad, nada te podía herir, nada podía intervenir en tu camino. Me acuerdo tanto de ti que a veces juro todavía tenerte a mi lado, que nunca te fuiste de mí y yo nunca me fui de ti, pero no, no es así…

La emoción estaba ausente, como la mirada de la Mona Lisa. Ya nada quedaba, sólo un abismo, sólo el resentimiento de lo que nunca se hizo. Esperábamos un milagro, un milagro que nunca llegó, un milagro que nunca nos encontró. Éramos como los perros bajo el manto de un amo desencantado, esperando las caricias de la pureza, de la inocencia, las cuales nunca llegaban, nunca nos encontraban. Ya no podíamos distinguir la primavera del invierno, ni lo puro de lo indiscreto, era todo un frío eterno. Las palabras ya eran sólo silabas y vocales que no emitían ningún mensaje concreto, eran las cenizas de lo que una vez era, de lo que habíamos destruido consumiendo el tiempo como villanos en la noche. Éramos sólo eso, villanos…

No quedo ningún espasmo después del dolor, el rencor desvaneció como agua en el desierto al decir adiós. No quedaba nada, sólo la historia, sólo la memoria. El llanto se convertiría en risa y el mundo volvería a florecer nuestras sonrisas…

Historias en un carril

1.

Andaba distraída de sus alrededores ya que estaba muy concentrada en un objeto que tenía en la mano. A veces miraba a los lados, pero en sus ojos se mostraba el desinterés que tenia de lo que la rodeaba. Noté que tampoco estaba muy atenta a los sonidos que iban y venían, y por lo que he experimentado, son ruidos bastante fuertes y desagradables. Jugaba en su aparato un juego de baloncesto, cosa que me sorprendió ya que se veía como una chica muy delicada, desinteresada en el fanatismo de los deportes y todo lo relacionado a ello. Escuchaba el juego mediante unos “headphones” que llevaba puestos en ambos oídos, se veía muy entretenida.

2.

Era una pareja de compañeros, al parecer de alguna clase de español o literatura. Ella discutía sobre una novela que tenían asignada para alguna clase, él la escuchaba y brindaba su explicación, pero se dedicaba más a escucharla. Hablaban sobre una novela que al parecer tenia un tema muy fuerte sobre el sexo en los jóvenes, él decía unos pequeños pensamientos y ella los elaboraba. No logré ver muy bien como se miraban, pero, por lo que pude apreciar, noté que él estaba muy interesado en ella. Ella se fue antes, y de repente, la tristeza se veía claramente en sus ojos. Miraba a todos lados, no sé para qué, me imagino que para desconcentrarse, buscando consuelo en dicha acción. Sentí pena, tenía facha de estos hombres que sienten temor de decirle sus sentimientos a una mujer, por rechazo, por desinterés, por cualquier razón que él pueda tener y no se atreve a sobrepasar.

Saco su “iPod”, se puso sus “headphones” y andado se fue al espacio de la tristeza, de la soledad. Yo lo miraba disimuladamente, veía, sentía lo que él sentía, pensaba y deseaba, me identificaba. En un momento de mi vida fui como él, tímido, introvertido, temeroso de lo que me esperaba si lograba hacer todo lo que quisiese. Quería hablarle, decirle que no tuviera miedo, sentía seguridad de que eso era lo que le pasaba, miedo, el cruel y frío miedo de la vida, el que penetra tu piel e invade tus venas. No me atreví, no porque era mayor que yo o simplemente más obeso, sino porque temía que mis consejos empeoraran su situación, que usara las palabras equivocadas y él no lograra entender y fuera a hacer algo ilógico con su vida.

3.

Eran muchas las personas que estaban presentes allí, rostros de soledad, desconsuelo, pero, también, personas felices mirando los alrededores como si fuera la primera vez que los miraban, dentro de ese grupo de personas me incluyo. Detenidamente miraba los rostros interesantes, el idioma no hablado de todos los cuerpos en letargo, tratando de descifrar cada pensamiento, preocupación, que corría por todas las mentes presentes. Era como un niño pequeño en presencia de algo nuevo, innovador, única diferencia era que he estado en ese lugar innumerables veces. La vida a veces se torna en un sueño y se hace con ella una nueva ilusión.

4.

Llegue a mi destino. La estación Martínez Nadal, la central se podría decir ya que justo al lado se encuentran todos los almacenes de trenes que se han guardado por cualquier razón gubernamental, tecnológica o económica que se puedan imaginar. Me baje del tren, calmado, relajado, pensando en todo lo que había visto en esos once minutos curiosos. Pensé también en mi vida, en lo que haré cuando suba las escaleras eternas de la estación, en que mi novia me esperaba allá arriba con una sonrisa en su mirada. Con una sonrisa miré el tren mientras se marchaba y yo caminando en la dirección opuesta.

5.

Subí las escaleras, mi mente se limpio de todo pensamiento al ver su rostro. Me monté en el carro y seguí mi marcha hacia un nuevo rumbo, una nueva historia.